Una estrellita que cambio mi vida

Una estrellita que cambio mi vida

UNA ESTRELLITA QUE CAMBIÓ MI VIDA

 

Un día, hace ya tres años, después de haber hecho “Parte uno” del curso del “Arte de Vivir”, aparecí en “Manos que Ayudan”.

      Mi destino fue el hospital “Ramos Mejía”, que es uno de los cinco recorridos de los días miércoles  para servir a la gente en situación de calle.

      Antes de llegar, Verónica me explicó cómo desenvolverme con la gente: es fundamental, ante cualquier pedido, ya sea de ropa, zapatillas, etc., no prometer nada, contestando que nos fijaremos en las donaciones y que, si hay, les traeremos algo. No preguntar nada sobre sus vidas privadas limitándonos solamente a escuchar lo que ellos quieran contar y contenerlos acompañando el plato de comida con una sonrisa, un “Buen provecho”.

       Yo no sabía con lo que ahí me encontraría, serían unas cincuenta personas, ancianos, gente de mediana edad, jóvenes y niños; debo confesar que sentí como miedito… puerta de un hospital, vereda, calle, noche…

       … y al agua me largué; fueron más de dos horas muy intensas  para mí, después de prestar el servicio, observar, escucharlos mirándolos, conociéndolos…

            Sólo puedo decir que me fui con una gran angustia y llorando. Camino al coche, Verónica me explicó que, si quería seguir adelante con esto, no debía llevarme los problemas conmigo; “Tenés que acostumbrarte a que no te duela”, me dijo, “y salir fortalecido por el dar y contener; pensar que alguien se quedó feliz de que fuéramos y le prestáramos el oído y se sientan escuchados”. 

       Mucha gente me llamó la atención pero voy a detenerme en dos personitas: “la abuelita” y “Estrellita”.

       Voy a comenzar por la abuelita; ella tendría unos 90 años, cosa que me  recordaba  a mi madre que había partido hacia un año. Con su pelo limpio y plateado, su carita marcada por las arrugas; le faltaban muchos dientes pero… ¡eso sí!… tenía una sonrisa encantadora y una gran simpatía por lo cual no tardé ni media hora en enamorarme de ella; esperaba los miércoles para verla y ella también para verme; cuando llegaba me decía: “Rubén, hoy le voy a cantar la alabanza que a usted le gusta”, y me cantaba tres o cuatro más; todos con respeto la escuchaban , era un encanto.

        Recuerdo que el día de su cumpleaños, con mi amiga Claudia, en mi casa, le hicimos una gran torta. ¡Qué lindo recordar su carita tan ilusionada invitando a todos y cantando… ¡qué lindo momento, por dios!

       Ella me contó que hacía dos años había muerto su marido ahí en el hospital Ramos Mejía y que nunca más quiso volverse a su casa, ahí se quedó, como esperando que él volviera a buscarla. 

        Recuerdo tantas vivencias con ella; recuerdo una vez que le vi las zapatillas rotas y le pregunté el número y fui y le compré unas de cuero plateadas y quedó encantada; parecía la abuelita astronauta; ella se reía, reía mucho.

        Nos dimos mucho cariño. Así pasó más de un año, cuando, por trabajo, me fui a China y, al volver, me dijeron que la abuelita estaba internada, no llegué  a verla, ella  partió en busca de su marido, me dejó un vacío increíble pero me imaginaba que ahora ella estaría bailando un vals con su marido. Me costó mucho tiempo acostumbrarme a que ya no la vería más. Nunca supe su nombre, ella era “la abuelita”. Me dejó un gran aprendizaje.

            «Estrellita»

Estrellita, que no era Estrellita porque se llamaba Graciela, también estuvo desde mi comienzo, o sea que es una historia paralela a la de la abuelita.

Graciela, cuando le llevaba la comida, estaba toda tapada y no se dejaba ver la cara; cuando le ofrecía la comida, ella, enojada, me contestaba: “Cállese, no quiero nada” y sólo lloraba; “Es polenta calentita”, le decía a modo de convencerla, pero otra vez me echaba.

         Se me partía el corazón de la impotencia de no poder hacer nada, me mataba miércoles tras miércoles, hasta que un día se me ocurrió algo 👏 Yo tengo en mi muñeca derecha un tatuaje de una estrella que años antes me hice por mi sobrina Macarena, que tenía una igual; entonces le dije: “Si comés un platito de polenta, te prometo que me tatuaré en mi muñeca una estrella y tú serás mi estrella”; fue ahí cuando, por primera vez, me miró; guauuuuu… ¡qué ojos que tenía!; eran del color del cielo, un celeste maravilloso, un pelo entrecano lleno de rulos a la altura de los hombros, una mirada perdida, casi loca se podría decir, con los ojos sobresaltados; tendría unos cincuenta años por ese entonces.

        Me gritó: “Yo me llamo Graciela, no me llamo Estrellita”; para mí eso fue una señal, pues la había hecho conectarse conmigo; lo percibí por su reacción, algo la había movilizado.

         El miércoles siguiente, cuando fuimos al recorrido, yo directamente serví un plato de polenta  calentita y un jugo mientras los otros compañeros atendían a los demás angelitos, como nosotros los llamamos; fui directamente a ella, que estaba acostada, como siempre, sobre los cartones que aislaban el frío del piso y llena de frazadas; puse la comida sobre el suelo e inmediatamente le dije… “Por ti me tatué una estrellita y a partir de hoy serás mi estrellita”, nunca olvidaré ese momento cuando, de golpe, se levantó y diciéndome “Yo no me llamo Estrellita”, gritó muy fuerte para que todos la escucharan: “¡Miren… miren! Él se tatuó una estrella por mí y dice que me bautizó Estrella”; la gente la felicitaba y ella lloraba feliz, yo también lloraba, me había costado tanto sacarla de su enojo y mutismo.

        El trabajo a seguir con ella no me fue nada fácil pues, al tomar confianza conmigo, comenzó a contarme sus avatares de la vida y lloraba, pero, dentro de su sufrimiento y tristeza que los tenía súper marcados en su carita, ella tenía una gran admiración por Macri que era, por ese entonces, Jefe de  Gobierno de la capital federal y por Boca Juniors.

         Ella leía mucho y se instruía mucho y me agarraba y me decía: “¡Mirá… boquita ganó!”, “Macri construyó un paso a nivel”, o esto, o lo otro y, de repente, gritaba “¡Viva macri!” Claro… esto le traía problemas con los otros compañeros y yo le decía que no lo manifestara de esa manera. 

         Un día, Verónica estaba haciendo una meditación en la vereda, la gente sentada y concentrada con los ojos cerrados, y a ella se le ocurre gritar por Macri de nuevo. Me levanté y la llamé a un costado y le expliqué que lo que estaba haciendo Verónica, nos hacía bien a todos y que estaba mal que ella interrumpiera; de ahí en más, todos los miércoles le pedía a Vero que hiciera la meditación y a ella eso le hizo mucho bien, la relajó y la tranquilizó… le hacía bien.

        Hoy Estrellita no viene más al Ramos, va al recorrido de Congreso y me manda saludos con Luciana y con las chicas de ese recorrido. 

        De vez en cuando viene a verme y yo le tengo guardado en mi coche bolsas con sobres de azúcar y edulcorante porque ella, a las 5 de la mañana, se va a la estación de 0nce a vender café. La última vez que vino a verme me ofrecí a llevarla a su casa y ella, toda contenta, subió a mi auto y, feliz, me decía cómo llegar a su casa, hablando de la vida; una vez que estuvimos ahí, me hizo bajar y la acompañé hasta la puerta de su hogar, donde ella vive hace un año con un novio que conoció en un baile, y, feliz, me contó que él le da mucho cariño, le hace la comida y la atiende y respeta muy bien.

El mes que viene se van a Tucumán a conocer a la familia de él.

Hoy  «la estrellita que cambió mi vida » vive feliz.        RUBEN BELLS 
 

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